2.12.10

Algo que pudo ser una carta

Hoy no tengo ganas de escribir, me duelen los dedos y el teclado se tiñe de rojo cada que intento poner un recuerdo. Por eso lo olvidaré.
Ganas de nada y menos de ti. Quizá por ello el aroma de las calles se impregna con tu imagen y entonces crees que puedes hacer lo que te plazca. Vienes y te metes a mi cama justo en el segundo que sé que dormiré. Me calzo, me cubro y salgo siendo más yo desnudo. Entonces cada color me hiere y me place. He aprendido a andar sin nadie, leo para que no se me terminen las letras. A veces, déjame contarte, recorto unas cuantas letras, las voy dejando aquí y allá, soplo, limpio, barro, camino, y ellas mismas se van acomodando, entonces intento formar una historia con silueta y, justo en ese instante, en que la letra se transforma en imagen, me da por pintar. ¿Qué hago para sobrevivirme?
He terminado la canción, pero me angustia como podría sonar fuera de la acústica que me proporcionan estás paredes que la envuelven. Sabes que sería capaz de malgastarme para escucharla una y otra vez hasta aprendérmela e investigar para quién fue compuesta. Es como esas pequeñas cosas a las que jugábamos con tu cuerpo, sonidos predilectos y desconocidos que me proporcionabas sin intención alguna, con su autonomía más propia que tuya. Mi curiosidad ansiosa a través de horas y tu quietud insegura ante lo que no sabías que surgiría. Todo podría pasar y en eso radicaba nuestro verdadero placer. Así, en esa misma situación me siento una y otra vez cada que la escucho. Lo raro, es que ya está terminada; mejor cambiaré el disco.
No he tenido tiempo de escribir, aunque pensándolo bien, este tiempo me la he pasado en ello, entonces, no he tenido tiempo de ser. Me gustaría mostrarte los colores que escucho, seguramente bailarías, me detendrías e investigarías de que va cada uno. Estarías respirando detrás de mi hombro y me preguntarías por qué mis dedos no paran y entonces querrías una historia reflejada en tus ojos al tiempo que me besarías el cuello y me darías las gracias, por supuesto, yo ensimismado y confuso no entendería absolutamente nada y seguiría trabajando. -Por eso te quiero-, dirías y te sentarías frente a mí, sin sentido y sin causa.          -Porque tus letras siempre cambian-, terminarías por decir y ofrecerme el último trago con tus labios. Y yo, sigo en la ignorancia. Ahora te sorprendería la facilidad con la escribo, no así la que cuento. Tú enfrente y yo en tus ojos, seguirías leyéndome.
Justo ayer me preguntaron por ti y que feliz fui al no tener idea. Porque te vivo tal cual eras, sin luz ni ojos, ni maquillaje y con tu vieja lencería, así, sólo así, con toda tu forma de desplazarte cada vez que te daba sed a media noche. A veces no te peinabas y, peor aún, detestabas lavarte la boca. Venías, me besabas y te impregnabas de nosotros; nosotros en estado natural. Y entonces te extrañe y me divertí tanto conmigo sin ti. Imagine las historias que leerías en mi y que realmente te sorprenderían. Hablaba tan fuerte para que no me escucharas, pero el cansancio me embargaba. Callaba y sabía que en ese momento dirías, -lo mejor de tus letras es que no tienen sonido-, por ello, mi diversión ha sido en silencio, para que no me culpes de seguir aquí.
Hoy comí bajo la cama, metí un libro de cuentos y te conté uno creado a partir de todos los que en él habitaban, frases al azar en páginas azarosas. Me encantaba que hicieras eso. Realmente disfrute tanto hoy contigo como si aquí estuvieras y creo que por eso, hoy no tengo ganas de nada y menos de ti.
Espero encontrarme otra vez conmigo a través de tus ojos.
Olvido
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