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16.3.11

La Niña Burbuja

Pompas de jabón estrellándose en mí repentinamente, pareciera que me tocaban el rostro con sus diminutos dedos para atraer mi atención, la cual, la mayoría de las veces anda unos pasos delante de mí. Diminutas explosiones sensoriales que me perseguían a través de mi inmovilidad. Distracciones purpuras, bicoloras y lúdicas dejaron traslucir la imagen de aquellos labios que soplaban ligeramente provocando mi curiosidad y que repentinamente me proyectaron a esa niña.
Siempre me fascinó la facilidad que demostraba para reconfigurar cada charla, la forma en que las ideas y, mejor aún, las preguntas, salían disparadas de su boca. La trasformación que su lenguaje corporal producía al contexto; sus infinitas ganas de querer saber un poco más de lo necesario para fortalecer esa fragilidad, imaginaria para aquellos que creíamos conocerla, con la que se desplazaba, con la que se vestía y mejor aún con la que me dejaba despojarla.
Recuerdo las historias que me contaba entre charlas que no nos pertenecían, pero que intentábamos contarnos sin cuestionar lo esencial, sólo utilizándolo como hilo bifurcado de las múltiples opciones que podrían presentársenos en momentos indistintos, por eso no lo cuestionábamos, porque eso venía ya con nosotros. Porque sabíamos a ciencia cierta que esas pequeñas diferencias de perspectiva nos darían a cada uno, desde su propio sentido de observación, parte del conglomerado que iríamos armando entre los diversos temas que esa y tantas noches más tocaran nuestras lenguas.
La primera vez que entablamos una conversación fue en uno de aquellos paseos urbanos que solíamos realizar cada uno por su cuenta. Curiosamente, tomar la elección del recorrido que no venía marcado en el mapa, hoy día lo creo, produjo ese encuentro fortuito entre su simplicidad y mi rareza. Encuentro curioso, ella solía entablar amistades y conversaciones con suma facilidad, era como ir coleccionando colores de un caleidoscopio. Yo con un mutismo a flor de piel que parecía atraer a cuanta persona se cruzara, como si se reflejara en mí una gran necesidad de escuchar. Yo era una especie de néctar para aquellos insectos que deambulan y habían perdido la orientación del retorno a casa. Ella era la que pintaba sus cielos con palabras en forma de corazón.
Al principio, no pude reconocer las palabras de las que hizo mención, ni siquiera el tono o la forma de pronunciarlas, ni siquiera pensaba en la manera en que había llegado hasta ahí; sin embargo, esa sensación que le da sentido a las palabras, el molde en que pueden salir disparadas, la ráfaga de sentidos que se proyectaron me llevaron a aquella primera vez que iba manejando a gran velocidad y esas burbujas de jabón se estrellaron en mi rostro. Si mal no recuerdo, era uno de esos vehículos que funcionaban con recuerdos y para ese entonces era lo que me sobraba, ocasionalmente cuando algo llamaba mi atención éste se detenía y ante mi olvido podía provocar una larga fila de autos que me recordaba en demasía a “la autopista del sur” de Cortázar y, por ende, a todas esas vivencias de animalitos que solíamos mantener en nuestro pequeño corral móvil, por lo que enseguida, y como si fuera empujado por policías a media noche en plena avenida, el vehículo comenzaba a moverse, lentamente, como si paladeara cada visión que venía a mi mente. Ya a cierta velocidad, las burbujas, la boca, el aire, sus minúsculas extremidades tocando mi rostro comenzaban a destellar; sólo que ahora con otra intensidad y otra memoria. En ese instante comprendí que aquellas burbujas multicolores eran  más que eso. Vocablos que trataban de salvarme, que intentaban impedir ese último salto a la copa del árbol, evitar el posible desgarre o desfase de miembros, limitar las opciones a seguir andando.
Ocasionalmente, y ante las ráfagas manuscritas que se estrellaban en nuestros cuerpos, intentaba traducir todas esas sensaciones que nos embargaban en nuestro mutismo, el cual sólo se veía corrompido por el estruendo de su risa rebotando en cada superficie del escenario en cuestión. Cada una de esas risas se estrellaba y hurgaba en las grietas de nuestros recuerdos y justo cuando alguna reunía la fuerza necesaria para introducirse terminaba bailando sobre sus 10 cm de altura ficticia que le permitía respirar otro tipo de aromas; ligero impulso corpóreo catalizador de colores. Entonces pintaba con los dedos y partes del cuerpo mientras corría sin ir a ninguna parte. Tejía colores y eso era lo que ella creía que sabía mejor hacer.
Un día de otros tantos, sin más, comenzó su andar. Un vaivén sin sentido pero lleno de color, intentando desenredar las circunstancias que le trajeron a este momento, creyendo en las causalidades y en las posibles huídas que se dice y cree que la caracterizan, sin pensar que sólo es la búsqueda o el encuentro con la pregunta adecuada, no la correcta, no la valida, no escupida por la boca idónea, simplemente la adecuada, como esa hormiga que sin importar la forma del terreno que debe de recorrer de ida y vuelta a casa, va y viene. Simple como esa hormiga, simple como ella misma. En ese transcurrir fuimos sumergiéndonos en encuentros fortuitos y casuales por los que nos dejábamos envolver en su delgada capa que metamorfeaba cada uno de los contextos. Podíamos catapultar ideas que iban surgiendo entre alcoholes y letras permeadas de fuego que salían de nuestras bocas provocándonos resonancias magnéticas y contradicciones orgánicas. Realmente era fascinante esa niña, su traslucidez, el caleidoscopio que siempre llevaba bajo el brazo, sus lágrimas que reían y aún más, sus infinitas ganas de mutar. Hoy día más que otros tantos.
No existieron más encuentros, tampoco charlas interminables acompañadas de whisky y cigarros, las carreteras no se vieron agredidas por nuestro andar, no hubo un despertar melancólico y menos aún zigzagueos por el centro de las ciudades. Solo fue una única historia contenida en una burbuja, con esa fragilidad brutal que la caracterizaba y que guardaría para ella misma justo para aquella ocasión en la que girará la esquina.
Olvido
93

365 días

Han pasado 31 556 926 segundos, miles de sensaciones, ojos taciturnos con miradas ansiosas, movimientos corpóreos, sonidos diversos, halitos de emoción, neostalgías y retazos de vidas, a veces el simple animo del anonimato o del mutismo, en ocasiones alguna idea transfigurada en placer y en menor escala partes de uno mismo.
En ocasiones me creo parte de aquellos que mantienen o dan seguimiento a la próxima letra, sin embargo, son sus ojos los que van construyendo parte de mis dedos.
Ante ello, sólo me resta agradecer por dejarme plasmar lo que van imaginando.
Y a ti… el siguiente post.
Olvido
93

21.2.11

Traductor

Y si sólo hoy me dejan morir...sin más... conmigo mismo por no dejar algo de mi, sin compartir y con el egoismo que me caracteriza hoy en día. Respirando con esfuerzo y con las letras que no les dejo ver, música que me incita y otra que me olvida.... He intentado dejar mis recuerdos en el cajón, el único que tengo, pues es bien sabido que en los otros solo son recuerdos olvidados.

Con cuentos inconclusos, tratando de esconderme y cerrando la boca para que los dedos no se salgan del corazón.

Solo ando como un mal traductor en donde los pensamientos se le desbordan, a veces se ahogan y otras tantas se le asfixian sin entender o acoger ese dichoso pensamiento, provocando que se rompa en diversos  fragmentos por este teclado... por esa voz...ante ello, debo corresponder abriendo mis momentos de soledad...sin embargo...la letra, al menos en mi teclado...no la encuentro.

Olvido
93

2.12.10

Algo que pudo ser una carta

Hoy no tengo ganas de escribir, me duelen los dedos y el teclado se tiñe de rojo cada que intento poner un recuerdo. Por eso lo olvidaré.
Ganas de nada y menos de ti. Quizá por ello el aroma de las calles se impregna con tu imagen y entonces crees que puedes hacer lo que te plazca. Vienes y te metes a mi cama justo en el segundo que sé que dormiré. Me calzo, me cubro y salgo siendo más yo desnudo. Entonces cada color me hiere y me place. He aprendido a andar sin nadie, leo para que no se me terminen las letras. A veces, déjame contarte, recorto unas cuantas letras, las voy dejando aquí y allá, soplo, limpio, barro, camino, y ellas mismas se van acomodando, entonces intento formar una historia con silueta y, justo en ese instante, en que la letra se transforma en imagen, me da por pintar. ¿Qué hago para sobrevivirme?
He terminado la canción, pero me angustia como podría sonar fuera de la acústica que me proporcionan estás paredes que la envuelven. Sabes que sería capaz de malgastarme para escucharla una y otra vez hasta aprendérmela e investigar para quién fue compuesta. Es como esas pequeñas cosas a las que jugábamos con tu cuerpo, sonidos predilectos y desconocidos que me proporcionabas sin intención alguna, con su autonomía más propia que tuya. Mi curiosidad ansiosa a través de horas y tu quietud insegura ante lo que no sabías que surgiría. Todo podría pasar y en eso radicaba nuestro verdadero placer. Así, en esa misma situación me siento una y otra vez cada que la escucho. Lo raro, es que ya está terminada; mejor cambiaré el disco.
No he tenido tiempo de escribir, aunque pensándolo bien, este tiempo me la he pasado en ello, entonces, no he tenido tiempo de ser. Me gustaría mostrarte los colores que escucho, seguramente bailarías, me detendrías e investigarías de que va cada uno. Estarías respirando detrás de mi hombro y me preguntarías por qué mis dedos no paran y entonces querrías una historia reflejada en tus ojos al tiempo que me besarías el cuello y me darías las gracias, por supuesto, yo ensimismado y confuso no entendería absolutamente nada y seguiría trabajando. -Por eso te quiero-, dirías y te sentarías frente a mí, sin sentido y sin causa.          -Porque tus letras siempre cambian-, terminarías por decir y ofrecerme el último trago con tus labios. Y yo, sigo en la ignorancia. Ahora te sorprendería la facilidad con la escribo, no así la que cuento. Tú enfrente y yo en tus ojos, seguirías leyéndome.
Justo ayer me preguntaron por ti y que feliz fui al no tener idea. Porque te vivo tal cual eras, sin luz ni ojos, ni maquillaje y con tu vieja lencería, así, sólo así, con toda tu forma de desplazarte cada vez que te daba sed a media noche. A veces no te peinabas y, peor aún, detestabas lavarte la boca. Venías, me besabas y te impregnabas de nosotros; nosotros en estado natural. Y entonces te extrañe y me divertí tanto conmigo sin ti. Imagine las historias que leerías en mi y que realmente te sorprenderían. Hablaba tan fuerte para que no me escucharas, pero el cansancio me embargaba. Callaba y sabía que en ese momento dirías, -lo mejor de tus letras es que no tienen sonido-, por ello, mi diversión ha sido en silencio, para que no me culpes de seguir aquí.
Hoy comí bajo la cama, metí un libro de cuentos y te conté uno creado a partir de todos los que en él habitaban, frases al azar en páginas azarosas. Me encantaba que hicieras eso. Realmente disfrute tanto hoy contigo como si aquí estuvieras y creo que por eso, hoy no tengo ganas de nada y menos de ti.
Espero encontrarme otra vez conmigo a través de tus ojos.
Olvido
93

4.10.10

Capitulo tres: Los tenis azules

He caminado hasta donde he podido, no son las ganas, esas quizá estén guardadas en alguna persona que no es mi amiga; tampoco es la falta de ejercicio porque a veces intento fumar cada que puedo o se me antoja; incluso, no creo que sea la botella de whisky que deje encargada a mi soledad; ni la falta de sombra cuando aquella mañana deje de ser más yo; pero he caminado, y justo cuando creí que era todo lo que podía andar, me di cuenta que acababa de empezar, con menos azul que el de costumbre e infinitas formas de leer con los dedos.
Tratando de crear la retrospectiva del olvido….
…Ella estaba de pie frente a mí, con toda la perversa candidez que tomo del closet antes de salir de casa. La forma en que me detuvo, sin tocarme, sin acercarse. Simplemente deteniéndose, levantando la mirada, un cambio de gesto instantáneo que lleva de lo taciturno a la sorpresa y además… desplegando su olor, con tanta naturalidad, que permitió generar un espacio vacío, el cual, envolvía a ambos, otorgándonos la intimidad necesaria para intercambiar esencias.
Por mi parte, andando sin sentido, cuestionando las banalidades de la cotidianeidad, aburrido de la gente y de uno mismo, tratando al suicidio como un juego en el que intento dejar de ser espectador, un paso seguido de otro, la tristeza después de la melancolía, siguiendo a la nostalgia en forma de papel periódico con una nota que dejó de ser noticia, observando a gente que han dejado de ser personas, multitudes y curiosidades mórbidas e inestáticas, todo a una velocidad diferente y suculenta a la mía… enseguida y sin sentido algo me detuvo…
El impacto ha sido indescifrable, sus pantalones ceñidos que proveían un descanso placentero a mis dedos entre sus piernas, las botas con ese tacón que se metamorfeaba en cuchillo e intentaba penetrarme los hombros justo antes que me pidiera penetrarla cuando jugábamos a ser indiferentes; la blusa que tantas veces grito que la arrojara y esos pequeños detalles que la caracterizaban y diferenciaban de ella misma. Sus manos que algunas tantas veces intentaban hacerme suyo a través de rasguños y su inconsistente forma ajena de cambiar el contexto. Yo paralizado y con mis pies andando. Todo esto bajo el contraste de una pequeña caja en color azul con un moño en rojo que llevaba entre las manos y la cual era el punto generador de todo lo que alrededor se producía y reproducía.
El silencio era el sonido predilecto entre ambos, teníamos formas diferentes de comunicarnos con nosotros mismos y nuestros cuerpos, queríamos saber las reacciones que podíamos aún provocarnos, el miedo hizo presa de nosotros, el caos se originaba en algún punto y el efecto hacia mella en nuestros cuerpos.
La respiración comenzaba a acelerarse; su pie se movía como si quisiera cavar un hoyo en la acera tan solo con la punta del zapato; yo intentaba acariciar lo bajo de mi espalda ante el inútil deseo de haber dejado las manos en casa; un pequeño golpeteo provenía de la caja, el origen de éste era causado por la desesperación de sus dedos. Todas nuestras reacciones, bien sabíamos, era a causa de saber que la ropa nos estorbaba.
Comencé a contarle algunos cuentos con mi cuerpo, ella iba leyéndome con gran lentitud, sin tiempo y sin ojos. Dejamos de lado detalles corporales, empezamos a jugar con nosotros mismos de nuevo. Gritaba, mordía, lamíamos, dejábamos entrar y salir a cada uno del otro. Solo bastaba cerrar los ojos y mantenerse inmóviles e impávidos.
Terminamos por reconocernos y ante la ausencia obligada nos limitamos a estirar los brazos, ella otorgando y yo recibiendo, un intercambio de olvido y vació por silencio y soledad.
La irresistible necesidad por el otro nos paralizaba, nos enmudecía y sin esperar más volvió al silencio algo insoportable en mi ser echando a correr, salpicando con su humedad a la multitud y sólo gritando algo que hoy día se me ha vuelto un estilo de vida…
El miedo me embargaba y sin que el mundo retrocediera, no sabía cómo proceder ante dicho objeto, por lo tanto, he decido cargar, cuidar e intercambiar el contenido de aquella caja. Ella sabía que esos tenis azules andarán para encontrarnos, y a cambio, he dejado en la caja este cuento, su esencia y sus últimas palabras:
¡Me gusta tu azul…!
…lo último que alcancé a escuchar a lo lejos.
Olvido
93

23.9.10

Reemplazo

Mis oídos han recopilado historias y versiones que hace tiempo no dejaban penetrarlos; palabras que simulan amistades, manos sacrificadas al fuego ante mi imagen, realidades que se crean a través de fantasías y rostros ajenos que dicen reconocerme, algunas intentan rozarme y otras tantas susurran halitos enternecedores que me secan las lágrimas una vez que me toca su humedad.
En cada espacio fui encontrando letras ahorcadas, algunas mutiladas, otras perdidas y sin sentido, unas más quebradas, suicidas, rotas, con cuerpo pero sin sangre, todas ellas con rostros ajenos iguales a los que conozco, con carcajadas evaporadas entre paredes que lo último que guardan son recuerdos y quejidos de una sociedad herida, falta de uno mismo.
Los zumbidos que creen que me pierdo cuando sigo reflejándome en el espejo; la música encuentra una barrera que me impide mover los dedos porque los abandone con el anillo y, aún así no dejo de exaltarme nocturnamente por el simple hecho de vagar entre grietas urbanas provocadas alguna vez por mi cotidianeidad.
Mensajes que invocan mi presencia justo cuando ando a su lado, aunque sin sombra, ligeramente incompleto como cuando duermo. Después voces que estallan ante mi indiferencia y mi responsabilidad de pasear mi calzado… ¿A pesar de dejar los colores en el pantalón que llevo puesto?... a pesar de que esa voz se multiplica cual alegoría molecular.
Los gritos de un vaso vacio me culpan de su inconsistencia, para callarlo me limito a saciarlo de mí, lo que provoca que el entorno cobre un matiz distinto por el que me desplazo. Cada objeto, de un instante a otro, parece tener conciencia y sobre todo memoria, cuentan lo que les he dejado cargar o, los menos, con lo que me han ayudado, sin embargo, pienso, habría que reemplazar a alguno por los recuerdos innecesarios que embarga… me empujan hacia fuera.
Olvido
93

25.8.10

Una letra

Hoy me di cuenta que una letra puede llevarse de un lugar a otro con todo el cinismo que la embarga, no importa de quién o de cómo venga, la responsabilidad de ésta se le puede generar a uno u otro par de ojos sin importar que esos ojos sepan el origen de la misma.

Hoy me di cuenta, justo cuando volteo al cielo dentro de mi habitación, que la letra se quedo muda.

Hoy me di cuenta que las letras no tienen sonido, sólo se sienten, y esto se potencializa cuando uno le imprime la carga, no a la letra, sino a la marca que la hace o por la que se creó.

Hoy me di cuenta de las letras que he pisado durante el día, hasta que la suela de mis tenis reclamaron su cansancio, entonces, las que cayeron en mis hombros replicaron, gritaron y se unieron a las de mi cabello para que me diera cuenta de que continúan alimentándose de mí.

Hoy me di cuenta del silencio, ante el cuchillo de mis dedos, que las letras guardan constantemente, para gritarme y reclamarme, sus ansias por dejarme sangrar.

Hoy me di cuenta que no me he dado cuenta de nada y que cada letra me sorprende constantemente justo cuando se descuelgan e intentan suicidarme.

Olvido

93

26.7.10

Imagina esto…

En serio, inténtalo… te estoy hablando, no sólo es un título. Sólo cierra los ojos he imagina… mejor dicho, sólo escucha… es intermitente, su caída, el cuerpo que lo envuelve, se junta, se forma y si estás más atenta encontrarás la diferencia… ahora calla, no respires, siente como tu cuerpo intenta sentir lo que quiero decirte, lo que quiero que sientas, no sólo es su sonido, sino el contenido y la forma que se va creando. Pon atención, sabrás de dónde proviene, ahora continúa con tu sensación, hazle caso a tu cuerpo… la puerta en color blanco viene a tu mente, es la misma, sólo que ahora lleva una grieta entre sus venas, la mancha de café sigue intacta, en aroma y potencia, con su inocencia y gritos, giras un poco, abres con la incertidumbre de la sorpresa pero no te detienes, aguantas la respiración, cierras los ojos y tu pie derecho obedece al placer, no a ti, por ello, te otorga el primer paso, la primera sensación sónica que tanto te habías reservado para el grito final, un segundo paso le continua y el crujido de los pasos sigue retumbando en tus oídos, ¿reconoces ese sonido?, mudo y sórdido ante tu andar… ándalos, continua unos cuantos pasos más, sabes que el murmullo se presenta a la izquierda; ten cuidado con la astilla con la que alguna vez te tropezaste, recuerda que tus gritos y lágrimas me tuve que sorber entre risas frívolas que me caracterizan y que te alteran; alzas el pie, me escuchas pero no dejas de sentir, tu curiosidad es tan amplia como el espectro emocional que cargamos; llama tu atención el reflejo de tu rostro que te encuentra en el espejo sobre la cabecera de la cama, el negro que lo enmarca y el olvido que refleja… Te detienes, sabes el camino pero te detienes, no soportas la atmósfera que te embarga y avanzas acelerando tu paso hasta que un libro, no importa el título siempre fue uno diferente, te detiene, el cuerpo se te dobla, desfallece, te acercas lentamente, la rodilla derecha en la duela y el brazo izquierdo intentando tomarlo, ambos tiemblan y se vuelven lentos sin tiempo, uno de tus dedos intenta tocarlo pero la carga de las letras retumban en tus oídos sobresaltándote; sacudes tu cabeza, te llevas las manos al rostro queriendo limpiar el sudor que no existe y volteas buscando lo que sabes no encontrarás, porque aún no termino de escribir…. Todo sigue en su lugar, o al menos así lo parece, a la izquierda se encuentra el closet de los momentos, la ropa que nunca hizo falta; giras lentamente hacia la derecha y una perspectiva del espejo que nos reflejo te escupe sólo tu rostro; frascos, pomos y olores particulares te invaden los pulmones, te levantas con gran esfuerzo y rodeando la cama negra con la funda amarilla te diriges hacia lo que llama tu atención; una lágrima de tu ojo izquierdo resbala por tu mejilla e intentas secarla, aunque no lo logres, los números del frasco y la imagen que te proyectan se mezcla con ella, respiras profundo e intentas contenerte, es un símil de mi aroma. El frasco cae y los trozos que salpican tu dolor te hace reaccionar, la soledad de tu rostro te observa desde el interior del espejo; lo siento… se me olvido sacarlo… te volteas con gran rapidez, observas a uno y otro lado en busca de algo que te haga aferrarte o sentirte parte de este espacio. El brillo de un título te deslumbra, reconoces la imagen, asomaba del bolsillo trasero de mi pantalón junto a una fuente en una ciudad que no nos pertenecía, noctámbulamente algunas de esas letras han perpetrado tus sueños, ahora con gran ímpetu corres hacia ellas, intentas buscarlas, pero la página en blanco te ciega, solo se escucha el sonido del libro al caer, seco, sin sentido, sin palabras y sin letras. Sólo entonces callas, guardas silencio total, dejas de ser y tus pupilas se dilatan, tu respiración se tranquiliza, el miedo lo interiorizas, el grito guarda su intensidad en tu boca y las manos con sus caricias se desperdigan por la sábana, la duela y parte de tu cabellera. Intentas tranquilizarte, pero el continuo de ese sonido que te trajo hasta acá sigue retumbando en tus oídos, ahora lo sientes. Tus ojos se fijan en el hilo de un color intenso que no puedes descifrar, pero que tan poco es tu fin, lo sigues con sigilo, lentamente, con respiración cortada, su camino perfecto baja lentamente, te muestra cada parte que ha sido dañada, te asombra la perfección del hecho, incluso piensas que es parte de una práctica constante, de un sentimiento inalterable, eres tú a la perfección. El sonido urbano rompe el silencio, las persianas azules se vuelven un péndulo y, entrecortadamente, ceden el paso a una luz casi indescifrable, es entonces cuando tu rostro gira y puedes observar y sentir esa emoción que aún nos carcome y que me lleva al final de las letras, tu rostro refleja pánico, desesperación e impotencia, cada recuerdo te ha llevado más de lo debido; el sonido se vuelve más intenso, constante, monótono, comienza a tomar forma, color y cuerpo, el dedo contiene los decibeles y los líquida a su propio ritmo, te sientes húmeda, pero ahora, todo comienza en tu rodilla, la cual pusiste en el suelo nuevamente, solo que ahora es la izquierda, el pantalón que tanto me gusta comienza a cambiar de color, tu rostro se transforma y el grito se ahoga en las lágrimas, el olvido se transforma, te observas en reflejos que no vienen de espejos, las paredes blancas intensifican el dolor y mis letras llegan al final que se ven reflejadas en tus ojos que intensifican el color rojo carmesí,... de la última gota de sangre que cae.

Olvido

93

14.7.10

Capitulo Cero: La Huída

Yo ya no soy yo, o al menos ya no soy más yo, el reflejo de mi sombra ausente me hace pensar sobre mi identidad, y aún más, me ha dejado completamente solo.

No reconozco al que camina conmigo, el reloj que me da la hora, ni los tenis azules que voy siguiendo. Me detengo en medio de la calle y ojos furiosos me reclaman con muecas y sonidos que rebotan en el interior de su auto, ambos estamos paralizados. Furiosos y llenos de miedos, me disculpo con el cuerpo y la mirada y ella sonríe incrédula ante la simpleza de mi andanza.

Una vez más, me embarga esa quietud del sórdido ruido urbano que se refleja en ese pequeño continente de agua que logro saltar cuando me veo girar la esquina y me devuelve ese tono azuloso que no alcanzo. Algunas sombras intentan venirse conmigo, algunas caen, otras se golpean y otras se atropellan por coserse a mis pies. Las observo con detenimiento, intento fijar la vista en los puntos en que siento una sombra tendría ojos; quieto, respirando cortadamente, tensando los músculos voy entendiendo su angustia y desesperación ante la orfandad en la que se encuentran, me descubren y su oscuridad parece extenderse a la poca distancia que nos separaba, el aire se comprime dentro de mí, las sombras dejaron de serlo y yo inhalo colores a mis pulmones.

A últimos días siento como el aire entra de forma apresurada a mis pulmones, como si estuviera huyendo de algo y buscara refugio en mi interior. Su miedo es tal, que se adhiere con todas las partículas que la física cuántica le permite, lo que provoca una contracción en ellos y además, todo al unísono tiempo, una pelea constante entre, por una parte, la desesperación pulmonar por expulsarlo y, por otra, la actitud férrea del aire al no querer ser expulsado a este espacio que hoy no reconozco.

Le doy asilo, un hueco. Me la pienso bien y le ruego que hurgue el sitio en mí que mayor seguridad le ofrezca sin hacerme responsable. Las responsabilidades dejémoslas a los hombres que hablan de colores. Una vez instalado, la fuga se hace más fácil, pero no menos incomoda. Echo a correr y sé que sigue ahí, sólo que ahora ambos sentimos, a su modo y a su forma, que ni él, ni yo, vamos con nosotros.

Olvido

93

12.7.10

Ausencia de letras

Existe una serie de ausencia o ¿talento? en un sin fin de discos que no suelen colocarse en la circunferencia de mi tornamesa, las canciones rescatables no suelen cerrar el círculo o, mejor dicho, continuar con la espiral que vamos generando en su entorno.
El fin último de este espacio es volverse, o al menos intentarlo, más selectivo. En toda la música diversa que me va sorprendiendo y encontrando entre varios tantos de discos que voy escuchando cada día. El problema radica cuando se trata de proyectar momentos espontáneos y/o únicos en los que uno se encuentra y que cada canción forma parte de ello, sin embargo, tampoco se ha intentado mantener o desestructurar ese sentido ecléctico que nos caracteriza.
Narro a alguien, me quedo con mucho y desconozco el sentido de mi intento; aún así, la ausencia de letras en este espacio no se debe a la falta de discos en la red, pero a pesar mío, si a la calidad, diversidad y potencia en ellos para ojos tan selectos como los vuestros...
Olvido
93

6.7.10

Tránsito...

Se dice que siempre me estoy yendo y que no voy a ningún lugar…

Hay veces que bien, hay veces que mal, hay veces que ríes con bocas ajenas y veces que lloras con lágrimas prestadas. Veces en las que te pones botas y otras en las que van más tus pies desnudos. Momentos que merecen vino o whisky y días en los que te deseo en cerveza. Mañanas en las que hueles a bulgary, y otras sin embargo, en las que te perfumas contigo misma... Palabras que merecen réplica y otras con las que tu mejor silencio es tu mejor respuesta. Ocasiones de noches de amor apasionada, con besos apasionados y besos cotidianos, cargados de sin pasión y que hablan más de uno mismo que aquellos enmarcados en pasiones furtivas. Quiero hacer de los contrastes una lógica, quiero que cada momento tenga un por qué, pero no dejar de quererte con tanta interrogante. Van a llegar las noches de copas, en las que la risa es el centro de las reuniones y cada día te levantas recordando anécdotas, es genial. Aquí están ya los días de playa, los días de ciudad, de parque y gusanos, de banquetas y bares, de fuentes y libros en el bolsillo trasero, en los que jugamos a no ser nosotros y matamos cucarachas.

Y ahora… parto..

Olvido

93

26.6.10

Sueño

Una vez que la luz tocó mi rostro me di cuenta que acababa de soñar contigo…

Hoy me levante de mal humor, la sensación de sentirme desnudo, sin sentido, potencializó el ánimo matutino, las voces que corroían mis oídos y el reflejo de las siluetas, entre persiana y persiana, rasgaban mi piel constantemente. Por fin abrí los ojos, lentamente pude enfocar y reconocer cada imagen que ante ellos se presentaban y tuve unas infinitas ganas de cambiar de corazón…

… qué lástima que no tuve letras a la mano, porque simplemente, a veces no me gusta amanecer conmigo.

He recorrido cada espacio, y cada espacio es diferente a uno mismo, ante ello he decidido perderme entre la ira de las masas urbanas, a veces me he dejado ver por ojos en los que pude incrustarme y platiqué con bocas que hablarán con las manos; pasan constantemente y yo… aún no puedo abrir los ojos.

Me irrito, me enfado y encuentro cicatrices que a veces alejan de la verdad por más que ellas jueguen…entonces, decido quitarme un brazo, y la incertidumbre me embarga justo antes de ponerme el reloj. Dejo el brazo y me encomiendo al tiempo de la mano derecha, a pesar de que él casi siempre me abandonó.

Sigo en la movilidad antropológica, al tiempo que reviso que mi armado haya sido el correcto. Algo de mí tuve que haber olvidado en la casa, justo entre sábana y sudor, sólo que no recuerdo qué forma tenía.

Sigo intentado encontrar las letras y su forma correcta…

Olvido

93

15.6.10

La historia de A

A es una chica fascinante, la llamaremos A porque no le gusta cómo suena D. Quizá tampoco fascinante sea un adjetivo que pueda describirla fidedignamente, sobre todo porque es más ella.

Tampoco podría describirla física ni emocionalmente, es un entramado de sensaciones hoy día, que a ciencia cierta, ni ella ni nosotros, sabemos las razones.

Un día, después de poner un pie al bajar de la cama, le llego la idea de que inevitablemente tenía que crecer y para ello sólo le quedaban dos días, mientras pensaba esto al mismo tiempo observaba con gran detenimiento como se extendían sólo dos dedos de la palma de su mano derecha; justo en ese momento sintió un escalofrío que le recorría desde la punta del pie hasta llegar al corazón provocándole una reacción inmediata de vértigo que la catapultaba a encubrirse, no con el mismo placer de la noche, de nuevo entre las sábanas. Tampoco sabemos si fue el frío del piso o los dos días que restaban.

Horas antes o después, días próximos o usados, sintió un desajuste corporal, al cual le atribuía estados de ánimo inconstantes, volubilidad y sensibilidad no habitual, por supuesto, en letras de aire lo denomino un estado hormonal femenino, el cual venía a congestionar una vez más los pensamientos que hoy la embargan, tratando de justificar una vez más los días marcados con una x en el calendario frente a ella. Eso aún permanece desconocido para ella y cada uno de nosotros y A se limita a mover la cabeza de derecha a izquierda mientras baja la mirada.

Justo en ese momento a sus oídos sólo llega el ruido sordo del televisor, la grata compañía en las noches de insomnio laboral universitario, madrugadas de desvelo planeando, haciendo, creando y moldeando el mundo a diestra y siniestra. Esa costumbre nocturna que tanto placer le ofrecía. Un sonido llama su atención, pensándolo bien es más que un sonido, es una melodía. Inmediatamente, como un acto reflejo, levanta la vista al televisor y su primer reconocimiento es el canal en el que se encuentra, no está del todo segura del programa que se transmite a esa hora; lo único de lo que tiene certeza es que está en sintonía con el canal 11. Detalles que se olvidan o que no son relevantes la limitan o concentran en el video que en ese momento se está transmitiendo, no sabe por qué razón se siente empapada de múltiples emociones, tampoco sabe que es lo que las está detonando, ni siquiera cuáles, cómo ni dónde están varadas. Simplemente intenta centrar todo aquello en ese trío inglés que se proyecta en la pantalla y que lleva por nombre The Tiger Lillies, sin más se deja llevar por esa encaramada de sonidos que esa noche permanecerá en vela mientras suena en su cabeza la canción que se le permitió escuchar.

Los días posteriores dedico gran parte de su tiempo a encontrar en uno y otro lado las canciones, discos, reseñas que le dieran un norte a sus sensaciones. Descubrió que sus emociones eran poco conocidas o ajenas a su país de origen; lo que permitió crearse, más que una actitud de resignación, un entusiasmo con las migajas que iba recolectando del grupo. Simplemente era encontrar una a una cada pieza del rompecabezas de ella misma proyectada en cada una de las canciones que formaban parte de su conglomerado musical, hasta que un día, sin percatarse del todo, había terminado la escuela.

A creció, se incorporó al plano laboral y, sobre todo, al sentimental. Se enfrentó al desamor y, por ende, a la cómoda sensación de fuga cuando éste no resulta del todo agradable. Pensó en su suerte, en el desanimo y las desventuras que la embargaban día a día. Su estado anímico no se encontraba en plenitud, por demás está decirlo cuando la encontramos reflexionando sobre viajar a otra ciudad en busca de refugio y alejarse del festival, alegoría de su ciudad.

Casualmente entre letras, como ahora la encontramos y creemos conocerla, A sintió de nuevo ese giro de antaño, que alguna vez provocó y no supo descifrar. Sólo que en esta ocasión la pantalla era sólo un trozo de papel y tinta que le ofrecía el entendimiento o, al menos, una pista más, para descifrarse a ella misma. El anuncio prometía la presentación de The Tiger Lillies.

No sabemos si fue literal, pero las ráfagas de viento golpeaban su rostro y secaban sus lágrimas mientras corría hacia la adquisición del boleto que le diera la entrada a un contacto directo con el generador de esas sensaciones, para ese entonces universitarias, las cuales mal descritas han crecido a la par con ella, y quizá tanto como esa extensión de dedos que algún momento describimos. Su ansia fue tal, que una vez que arribo al escenario y encontrase sola, esta se convirtió en incredulidad, sobre todo al leer el asiento designado en su boleto. 2ª fila, uno no puede estar más cerca de uno mismo porque no sabríamos que hacer con nosotros.

Durante el concierto sólo logro adquirir uno de sus discos y cierta información que le permitiría encontrarse directamente con ellos. Al final, decidió esperar, esperar, esperar hasta que sin más la internaron por una pequeña puerta, maquiavélica, macabra, tétrica y triste, imagen proyectiva ideal del grupo en cuestión, que la conduciría al contacto directo de su estado en potencia. El contacto fue por demás fascinante, surrealista e indescriptible, algo que aún no podemos describir, ni ella, ni nosotros.

Hoy A, a dos días de esa corrección emocional no deja de observar su programa, escuchar su disco y visualizar la playera en la que ha dejado colgadas miles de sensaciones que de vez en vez sacude y hace retumbar en su propia habitación, sobre todo ahora que está creciendo.

Por eso, he decido escribir sobre A, sin permiso. Una historia que me era vedada, un grupo que me era desconocido y, lo más importante, porque si la miras bien, no es una chica fascinante, sólo es más ella.

93

Olvido

14.6.10

Recuerdos vinílicos

El último silbido de la canción lo despertó justo antes de que la aguja comenzara a producir ese ruido característico que los tornamesas cargan consigo. Se paso la mano por la frente para secar la gota de sudor que creía resbalaba ante la pérdida de un cuento que aún no había escuchado, a pesar de no estar seguro de ello, quizá no había despertado del todo y seguía siendo un sueño, uno de esos tantos sueños que lo acompañan en la duermevela y que nunca ha podido hilar del todo.

Su ansia por despertar o sentirse despertado lo carcomía, sobre todo porque no quería sentir ese dolor de aguja en el acetato; simplemente él sabía que el ruido, como muchos tantos, no le importaba, el verdadero interés y la fuerza que acompañaba esa motricidad casi elástica e instantánea era el valor que le otorgaba a cada uno de sus discos. Todas las noches disfrutaba colocar un par en ese aparato anticuado, como solían nombrarlo cada una de las personas que esporádicamente asistían, y él, al mismo tiempo, disfrutaba la sensación que esa frase producía, sobre todo porque la hacía suya, la incorporaba a su limitado vocabulario que sólo consistía en títulos de canciones, de álbums, fechas de lanzamiento y, ocasionalmente, si la inspiración se lo permitía, de adjetivos que le inspiraban una vuelta de vinil simplemente por el hecho de no saber cómo describirlo.

Estiro la mano para remover esa punta que lastimaría las emociones que había transportado y mimetizado en la eterna circunferencia rítmica; la dejo a un lado con gran cuidado al tiempo que observaba el último trago de whisky que aún quedaba, de la penúltima canción, sobre la mesa negra en la que solía escribir. Inmediatamente y con gran cautela, como si de ello dependiera su vida, levanto el acetato, lo observó cuidadosamente, cada una de sus líneas concéntricas, sopló y resopló como si quiera desvanecer esa capa obscura que guardaba una de las tantas historias en las que se sumergía de vez en vez y, mientras buscaba la correspondiente guarida de las mismas entre las reminiscencias de sus recuerdos, con la mano que le quedaba libre, alcanzó ese vaso que se le ofrecía aprovechando las historias confusas que bailaban en su mente. Lo bebió de un sorbo, guardo el disco de colección que sólo escuchaba en momentos en los que se sentía realmente solo, sin más, sin piel, sin corbata, sin tiempo, él y sus historias de plástico, sólo él y esa sensación que exhalaba al dejar vacio el vaso, su mano y el tornamesa, él y su neostalgía cuando dejo de ser un sueño, cuando se despertó justo antes de que la aguja comenzará a producir ese ruido característico.

93

Olvido

7.5.10

Rastro de mis letras

¿Cuántas letras tienes para hoy?
Escuchas mis pasos, te sigo constantemente cada que tus ojos van detrás de mi.
La música ha invadido mi cuerpo y los dedos siguen paralizados tratando de descifrar las palabras exactas que permitan plasmarse en cada una de las hojas que cargo conmigo y que son el reflejo de ojos multiples que no saben leer.

Ahora solo escribo para ciegos que sienten.
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2.5.10

El escribano

Soy uno de esos tipos que no acaban de comprender las cosas hasta que las pone por escrito. Por eso estoy escribiendo. Aunque bien sé, que tendré que reescribir un tiempo después para entender lo que ahora escribo. No importa la forma en que escriba, ni el móvil que me lleve a ello, incluso ni siquiera es importante solo con plasmar la letra de tal o cual forma, porque no se trata de vestirse o quitarse una corbata, no es tan fácil como quitarse el reloj monótonamente y dejarlo al lado de la cartera sobre la mesa, ni siquiera es un ejercicio manual que va siguiendo la trayectoria que la mente o las emociones le van dictando, lo importante aquí sólo es escribir.

Existen diversas formas de hacerlo y todas ellas muy independientes, hablamos de independencia no como autonomía, porque entonces la escritura, de la forma que se dé no podría llevarse a cabo, siempre existe una dependencia de una u otra inspiración, de cualquier proyección, de un algo o de otro sobre el que se escribe, incluso de uno mismo. En este caso, es una independencia del valor que cada escritura genera por sí misma, de que una de mis A tiene una carga singular y esencial por ella misma, que se refleja y se diferencia de mis otras A, a esto, más aún, si le incluimos la letra que le antecede o le sigue. Inclusive, y quizá por ello es tan independiente, que tendrá otra carga a partir de los ojos y la lectura que le den. Aunque esa, también es una forma de escribir.

Uno escribe con los ojos, como la he escrito con cada una de mis miradas, escribo sus rituales, su forma de quitarse la ropa, describo la lucha que lleva a cabo cuando intenta quitarse una de sus botas y su placer una vez que ha encontrado la libertad en cada uno de sus dedos; intento colocar cada una de las comas que sus pies descalzos van dejando tras de sí, aunque a veces me confundo entre un punto o un espacio, sobre todo cuando baila.

Aquellos párrafos que se escriben con mayor facilidad están relacionados con sus formas de quitarse la blusa por encima de la cabeza o simplemente desabrochársela al tiempo que explora los olores de sus axilas en la prenda de vestir, en esos momentos me pregunto por qué no va oliendo los lugares que va recorriendo, los objetos que va tocando, las revistas que mira, después de todo también están impregnados de su fragancia.

Me fascinan los pequeños cuentos de ficción que intento plasmar cuando se observa al espejo y no deja de menearse con toda la humedad que la embarga, lo difícil es encontrar los sinónimos de la que está al otro lado y en algunos casos deja reflejarme. Entonces escribo para mí, porque una vez que se aleja del espejo, depende de mi mirada, de mis letras y de las formas en que yo puedo hacer que cambie tanto, al igual que la noche de afuera, de todas las noches que van y vienen en una misma noche y, mejor aún, todas las mujeres que van y vienen mientras se desplaza y la escribo. Ocasionalmente he tenido que crear algún paréntesis, sobre todo cuando observo la cicatriz de su pierna, el lunar de su pubis o la lágrima que recorre su vientre por todo lo que carga o ha vivido.

En otras ocasiones solo escribo porque me gusta, porque gustar sea quizá la mejor manera de tener, ya que tener, creo que es la peor manera de gustar. Me gusta escribirla cuando juego a no tocarla, a no tenerla, mis dedos sienten su piel sin necesidad de tenerla y mejor aún, me divierte tenerla y no saber que escribir, entonces mis dedos enmudecen, mi cuerpo pierde el dictáfono y no me queda más que cambiar la página. Las veces que la sueño son libros que aún no he podido leer, a pesar de haberlos escrito. Entonces, solo entonces, trato de leerla suavemente, penetrar a través de su vello púbico y terminar en el tatuaje que remarca su historia conmigo, mi propia autobiografía.

A veces creo que voy escribiendo una telenovela, con sus actos, sus humores y deseos inocuos y el miedo me carcome ante la ignorancia de saber que los condenados a ese infierno ya jamás pueden salir de él, pero eso está en una traducción que aún nadie ha llevado a cabo.

También debo de confesar que la soledad ha dejado de herirme y que intento escribirla de múltiples formas, por un lado mis odios y por otro mis amores, sobre todo porque estoy consciente que las cicatrices contienen un diccionario por el que mantengo un gran interés; las carias también.

Hoy te saco del espejo y sólo intento escribir, ya que solo soy uno de esos tipos que no acaban de comprender las cosas hasta que las pone por escrito.

93

20.3.10

En Casa

Las ventanas, aun cerradas, permiten escuchar los sonidos del silencio que en su interior encierran, de ellas emanan gritos constantes que reposan en mis oídos a través de vibraciones cristalinas que retumban en cada una de estas paredes que me rodean. El color de estas paredes se refleja como un tatuaje en mis ojos y proyectan las voces multiformes y risas extravagantes que he venido dejando marcadas con el paso del tiempo. Me levanto de la sombra de mi mismo y me dejo acariciar por manos que tocan y se peinan como si quisieran arreglar su vida o componerla de la belleza que de por sí ya me ciega. Del techo comienzan a caer cada una de las bocas que se mantenían colgadas por las risas que en su momento producían, comienzo a asfixiarme, se adhieren a mi ropa, resbalan por mi cuerpo y siento como me muerden sus palabras, me carcomen lentamente; la quietud viene a mí, al menos a mi cuerpo, en el momento en que la luz de una de las lámparas comienza a parpadear, en silencio, mi sombra intenta descifrar el mensaje, pero es un lenguaje que ninguno de los que estamos aquí logra entender. Sorbo otro trago de whisky, ahora directo de la botella, e inhalo inmediatamente una bocana de humo, intento serenarme pausadamente, trato de reconocer el espacio en el que me encuentro pero cada uno de los objetos se va desmoronando al contacto con los ojos. Un ruido llama mi atención, viene de la habitación contigua, pego el oído a la puerta, guardo la respiración y concentro todos mis sentidos en un punto exacto cerca de la cerradura, viene la angustia ante el silencio, pero antes de que la desesperación me embargue, un ligero murmullo comienza a tomar forma, al principio no puedo desfragmentarlo, inhalo y vuelvo a aguantar la respiración, lo que provoca escuchar mi propio latido del corazón con mayor intensidad y miedo a que me traicione, justo en ese momento logro dilucidar la voz de una niña que canta, lo extraño es que el origen no proviene del otro lado de la puerta, sino de la puerta misma, reflejando el eco de las voces que permearon la habitación. Me encuentro confundido, retrocedo unos pasos, sin miedo, y siento como la humedad va desplegándose a través de mis pies desnudos, y siento sumergirme en un mar de letras que me ahogan y, sobre todo, me hostigan, al tiempo que me producen una increíble fascinación por su inquebrantable forma de mostrarme el mundo con mi presencia, me restregan cada sentimiento que quería mencionar o, mejor dicho, lo que sentía y que aún así no sé bien a esta edad lo que es sentir, me dejo llevar ante esta corriente babilónica, cansado dejo la botella de whisky en la mesa donde suelo escribir , apago el cigarro y me levanto a cambiar de acetato… creo que por fin estoy en casa y eso me permite ser más yo mismo.
Olvido 93

16.3.10

Intro...



Hoy me he levantado siendo un erizo y todo el día he estado quitándome las púas, la nostalgia ha permeado mi habitación y nada escapa de toda su melancolía; el cuento que mis pupilas buscan ansiosamente una vez que dejan de soñar se titulaba "tristeza", las paredes reflejaban un azul profundo por la refracción de una manta frente al edificio, la duela se mantuvo callada por un largo tiempo y la música que invadió las habitaciones fue Lars & The Hands of Ligth un disco que obtuve a cambio de una caricia...


Hoy, más que nunca, me doy cuenta que sigo en el proceso de reconstrucción, de algo en mí que va en camino a serenarse. Ante todo, la idea es encontrar algo que permita sobre llevar, con cierto entusiasmo, mis placeres organolépticos y proyectarlos o estamparlos de una u otra forma (letras leídas, escritas, sonoras, auditivas, mundanas, eclécticas y cualquier forma que deseen tomar) en otros ojos curiosos y habidos de provocaciones.


Por lo tanto, me presento ante ustedes con letras que quizá disten mucho de lo que realmente deseo expresar y, por ende, provoquen significados diversos que no desean transmitir y que ustedes mismos han resignificado convirtiéndose en cómplices de lo no escrito y su neo-reconfiguración, cómplices de una u otra forma del OLVIDO al que pertenecemos.